Por Aily Habibi

Pensar en las relaciones que tenemos con nuestro cuerpo, el significado de éste, el placer que puede darnos y que muchas veces compartimos, no pueden estar alejados de lo vulgar, lo desagradable o lo horroroso. En nuestra cultura, quien no siga los cánones usuales de normalidad, de un cuerpo que imite un estilo de vida hegemónico –donde el buen desempeño social va de la mano con un gran poder adquisitivo (aún de cosas nocivas o inútiles) hace parte de representaciones que no son consideradas bellas.

Y aquello que no encaja hace parte del insulto, de lo grotesco. La apreciación erótica de un cuerpo se vincula con su lugar social como ciudadano. Los lugares marginales se enlazan a los prejuicios, a territorios, a colectividades, al lugar que tiene el otro en el mundo inmediato. Nos encontramos pues, ante las ideas de placer y propiedad como una escala de valor que median los encuentros corporales de las personas, adquisición de bienes materiales o inmateriales que idealizan los cuerpos.

Hoy se erotizan todas las imágenes que nos rodean con el único fin de sugerir – ¡y de qué manera!- el consumo de todo tipo de bienes, sistema hipócrita que censura las imágenes  crudas, las pornográficas del sexo y la muerte, las amarillistas, las inmorales, para luego valerse de ellas como estrategia de venta, como oportunidad de dominio.  La mediación del dinero y el cuerpo como un bien adquisitivo, se ata a la autoridad y el poder en la administración del placer;  hace  parte de las dinámicas socio-sexuales de marginalización laboral, recriminación y dualización del sistema axiológico hegemónico.

Los estatutos sobre lo que un cuerpo humano debe ser, son cada día más severos y discriminatorios… el peso, los pelos, las cicatrices, las dietas… crece la angustia sobre la forma en que la tecnología interviene como única tabla de salvación para adquirir una identidad, o al menos, fabricarla. Angustia por adquirirla o por rechazarla incluye la angustia por parecer longevo y negar la muerte (Arnsperguer:2008).

Que el cuerpo encaje o no, establece el cuerpo como significante e inevitablemente se debate el género y la sexualidad, imagen e identidad como políticas de consumo. Ya la filosofía ha dado amplia cuenta de ello, pero mi interés sobre el cuerpo y la sexualidad se ata a la obscenidad y erotismo como categorías estéticas que nos replantean los valores artísticos de diversas manifestaciones y/o representaciones del cuerpo, su sexualidad, su interacción, su activismo, sus ambigüedades.

Más allá de discusiones sobre  lo masculino y lo femenino como signos que están en los cuerpos, que se concilian, se mezclan, se oponen, siendo parte de intimidades compartidas, disfrutes ocultos, silenciados; la pregunta por la intervención en espacios públicos se ata a los límites de la libertad ciudadana, lo que puede, debe, es legítimo, es legal o no, representarse con el cuerpo ante la mirada ajena.

Carne obscena

El cuerpo entendido  como significante puede convertirse en un lugar sin identidad o como destitución de la identidad. El cuerpo explica la lógica de lo informe (Jose Luis Barrios:2010),  puede mostrar aquello que las palabras no alcanzan a abarcar, es el cuerpo quien muestra la violencia, mediada o no por un discurso, es el único capaz de mostrar los excesos de poder.

“Obsceno viene de la raíz latina obs-caenum, significando el acto de ir hacia el cieno (hacia lo sucio) (Abromivici 3). Obsceno también viene de la raíz latina ob-scaena que significa ―fuera de la escena (…)” (Deanda-Camacho: 2010)

La obscenidad es perturbar al otro, desafiar aquello que no debe ser públicamente representable, aquello que esté considerado sucio, deplorable y fuera de lo socialmente aceptado, es eso que está en los límites de lo absurdo, lo contradictorio y lo condenable. Mediante ella, se desborda el pensamiento racional, pues ya lo obsceno no pasa solamente por ser un calificativo masificado  sino que es atravesado por lo monstruoso del sujeto, su tecnología, su poder; puede generar la nausea inmediata como respuesta al asco aprendido socialmente, a la muerte, al sexo, a los fluidos. Pero no es la carne la que genera asco, es la idea que gira sobre ella.

Carne abierta es pornografía y orificio cerrado es erotismo, es la forma más común con la que se califica una imagen. El asco juega con el adentro y el afuera, con la vulnerabilidad inmediata, lo que orgánicamente se rechaza para seguir viviendo, las ideas de higiene, pureza y lo sagrado. Son las ideas sobre la finitud las que aterran,  no solo la carne en sí misma; cuando el cuerpo deja de ser aquello que debería, los umbrales sobre la perversidad aparecen.

Siguiendo esta retahíla, cuando se ofrece un hecho estético, se  da una experiencia que obliga a todos los sentidos a estar alertas a la recepción de algo, potencializado aún más si dicho encuentro es con un arte vivo. Yo puedo inducir al espectador a que tenga una mirada perversa sobre mí, a que me cosifique, a que me juzgue; tiene la opción de apartar su mirada e irse. En este sentido, yo puedo ser objeto sin identidad, quizás  de-construida, tal vez transmutada, para exhibir una poética de transgresión,  subversión o  resistencia; busco un hecho estético que pueda ser invasivo, participativo, dejando  la contemplación únicamente como una primera parte del proceso de recepción.

Mis búsquedas intencionalmente quieren violar dos delitos: El exhibicionismo y la no institucionalización de la obra de arte. El primer delito tiene cárcel, es reprendido por una sociedad que hace del cuerpo una mercadería que únicamente tiene como significado una sexualidad nociva o una compra venta asolapada. El segundo delito atenta contra la pretendida eternidad de la obra de arte, el museo, la selección de públicos.

Las artes vivas, como el teatro o la performance, son efímeras y son mi único camino para desaprender los prejuicios inculcados en mi cuerpo, transmitiendo una memoria traumática, exponiendo mis fallas, mi melodrama barato o mi promiscuidad estéril. Mi cuerpo es también actividad pública, los espacios públicos son una apropiación privada momentánea, todo ello mi  voluntad y decisión sobre mi piel, mis huesos, mis pelos, mis tripas antes de desfallecer

La ambigüedad sobre los límites entre estas categorías de análisis  da carta blanca para reflexionar sobre la voluntad del deseo enfrentando la mirada del otro. De alguna manera dimensionar al otro tiene que ver con idealizarle su situación, y es chocante cuando su cuerpo no corresponde a lo que asignaríamos sobre esa persona. Así el otro tenga un rostro anónimo y se nos figure como un fantasma, el otro existe, es mortal y tenemos más o menos las mismas necesidades afectivas y expresivas. Recordando al filósofo Wittgenstein,  los símbolos, aquello que es trascendental van más allá del lenguaje planificado, de cualquier regla gramatical o ley humana; el placer, el cuerpo y el sexo tienen un valor que trasciende la vida cotidiana, dictaminan consciente e inconscientemente las conductas, negarlo es violentar, ocultarlo es inútil.

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